La muerte nos encara.
El olor a incienso y la veladoras encendidas me hacen sentir paz en esta habitación
donde la congoja se distrae con el color del papel picado, el recuerdo se hace
presente y no dejo de pensar en las posibilidades del destino, mentalmente
muevo las piezas y esa sensación de incredulidad me deja pasmado. Quisiera descifrar
el rompecabezas de este capítulo, es duro, es increíble, es doloroso, es un golpe
bajo que me dobla y me rompe el camino a los finales felices.
Las flores en el altar disminuyen la impaciencia. Necesito controlar las
preguntas que no dejan de repetirse, porque no tengo respuestas, requiero de
unos minutos para enmendar el boquete que tengo en el pecho, no puedo llorar,
las emociones se atoran, el silencio es indescriptible y las vivencias recorren
todo el circuito de información que resguardo con delicadeza. Que inimaginable
momento estoy viviendo, estoy ante la majestuosidad de lo que fuimos y
seguiremos siendo, no estas ausente, te mantienes en cada paso que doy y
confieso que no he dejado de llorar, pero hoy parece que han cerrado mis lagrimales
para que me veas sonreír de manera sutil.
La muerte nos espía, juguetea, se ríe de nuestros actos circenses, observa
y nos susurra algunas frases poéticas. Ella siempre vestida de largo y de
negro, tan elegante, siempre imponiendo sus formas, llegando puntualmente y caminado
con cuidado. La muerte no bromea, no especula, no se distrae, ella es inquieta
y segura, es audaz y precavida, es honesta y atrevida, es elocuente y serena. Muchos
le tienen miedo, porque no negocia, no debate, no cede a las peticiones, es irreverente
e inevitable.
Muchos huyen a la idea de morir. Quizá quieren ser eternos y hacer sus
malabares, quieren seguir acumulando gloria, conquistar lo efímero, sentirse superiores,
quieren creerse los astutos e intentan ser sabios cuando viven tomando malas
decisiones. Muchos no piensan en la hora final, porque no esta en sus planes,
muchos vacilan y se descuidan pensando que la vida es para exponerse a los peligros,
a los excesos, a las tentaciones y buscan excusas para revertir, pero es
demasiado tarde, la hora final esta considerada y no hay marcha atrás.
Unos cuantos se aferran y no quieren entender que la muerte ronda y es constante.
Ella juega sin complicaciones, hace añicos lo que parece perfecto, modifica a
su antojo el trayecto de los vivos, no se detiene a pensar, ella es disciplinada
y sabe lo que hace. Se hace presente y nos recuerda que somos pequeños, nos da
lecciones, nos hace emerger de las profundidades, nos reinicia en un solo acto
y nos acompaña sin contemplaciones.
Los aromas se mezclan y hacen que la paz se traslade a la larga noche donde
espero que todos mis muertos vengan y me den ánimos, me digan que hay felicidad
en el mas allá, que debo insistir en cumplir mis sueños en cada respiro, que no
hay mal que dure cien años, quiero que me den una señal e invadan mis
pensamientos, que me dejen argumentos para esperarlos el próximo año con fervor
y esperanza.
De repente comienzo a llorar. Han llegado, los siento en mi entorno, me
saludan, me abrazan, me extravió entre los invitados y sonrió. Una vez más han
venido para encender lo que nos conecta y seguir trascendiendo en la memoria de
los que permanecemos en esta endeble aventura. La muerte nos encara y nos
muestra que debemos aprovechar el tiempo, que evitemos pelear, que terminemos
con nuestros conflictos, que perdonemos, que seamos trasparentes y retomemos la
bondad.
Me quedo dormido, mientras la veladoras se consumen y el tequila se acaba, ahí
sucede la magia, ahí me convierto en uno de ellos deseando que no amanezca, mientras
sueño que la vida y la muerte brindan como dos viejas amigas sin complejos y
sin restricciones, sin agravios y sin ridículas peticiones.
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