Ebrio.
Un ebrio me conto lo que pasaría si dejaba que todo se fuera al carajo. Ahora
aquí me tienes en esta mesa rinconera comiendo unos cacahuates rancios y un coctel
de promoción por ser miércoles, llevo siete semanas sin rasurarme, cuatro sin
comer decentemente y dos esperando a conciliar el sueño. Me canse de rogarle atención,
me olvide de los detalles, me enfoque en el trabajo, en mis amigos, en eso que
llaman distracciones para evadir la realidad.
Me sentía un costal de discordia, una especie de objeto donde se desquitaba,
donde vaciaba su frustración, donde los reproches eran interminables y el amor había
escapado. El hartazgo quemo la poca paciencia que tenía, intente detener mis impulsos
y no pude, esa mañana salí a correr, me detuve a tomar un licuado de nuez,
regrese con molestias en el tobillo y ella estaba arreglándose para ir a
trabajar, la ignore una vez más, me refugie en aquella habitación y espere a
que se fuera, pero un susurro me sugirió que la siguiera y es ahí donde la
irritabilidad comenzó a mordisquear mis pensamientos, la alcance, le jale el
cabello, la bofetee y le reclame su falta de comprensión, comenzó a llorar y la
abandone en esa esquina, creí que era lo justo, que era un logro desbloqueado. Volví
al departamento mientras a lo lejos se escuchaba el paso de algunas ambulancias,
me duche, tome una maleta la llene de mis pertenencias y me resigne a que era
un final adecuado para una historia rota y desgastada, me instale en la casa
que era de mis padres, un lugar abandonado, donde el tiempo se detuvo y donde
mi niñez fue la mejor, ahí estaba esperando las consecuencias de mis terribles
actos. Pasaron dos semanas y no hubo reacción, solo un ciento de llamadas
perdidas de su madre, seguro para insultarme y desearme lo peor, por fin la
busque y me encontré con la noticia de que aquella mañana donde fui un gandalla
con la mujer que amo, no llego a la oficina, que no podían localizarla por ningún
medio, mis ojos se humedecieron y la ansiedad comenzó a girar sobre los
posibles escenarios, fui un maldito, hasta la fecha una maraña de culpa me
sopla en la espalda, estoy desecho, estoy muriendo poco a poco.
Bien me lo dijo aquel teporocho, no seas impudente, controla ese carácter, porque
después te vas a arrepentir, ahí estaba un sabio diciéndome que es lo que sucedería
si me pasaba de cabrón. Pero no entendí, seguí ausentándome, perdiéndome en
aventuras, esperando que ella cambiara y aceptara mis equivocaciones, buscaba
la manera de voltearle la tortilla y decirle que ella era la responsable de mi
comportamiento, que pendejo fui al creerme mi cuento y no escuchar lo que sentía.
Ahora esta desaparecida, quizá me busquen por ser el principal sospechoso. Tengo
mucho miedo, me queda muy poco dinero, no he podido trabajar, todo por sentirme
un rey dotado de poder, ese que se merecía el respeto absoluto ahora soy un
pobre diablo huyendo de quien sabe qué. Como quisiera regresar el tiempo y
controlar mis arrebatos, me hubiera quedado ahí quieto, esperando a que el día pasara
y que las cosas siguieran en ese son de desamor, obscuridad y desinterés. Ahora
huyo y m escondo en las cantinas que me conocen, ahí postrándome en las mesas
del rincón e intentando armar el rompecabezas. ¿Qué paso con Indalecia?, requiero
una respuesta, solo necesito saber que esta bien, no aguanto más esta carga que
me esta asfixiando, soy uno de esos ebrios que dicen verdades, que hacen predicciones
sin pensar en al vulnerabilidad, soy ese nefasto que avienta la piedra y esconde
la mano, soy lo peor que la ha pasado a mi Indalecia.
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