El trinche.
Presumes lo tanto que amas a las personas que ves cinco o seis veces al
año, subes la foto y te regodeas de lo que implica el buen momento capturado, obtienes
la atención que tanto te hace falta y te vas contento a dormir. Así vas por la
vida reaccionando sin pensar, sin entender tus palabras, sin percatarte de la
responsabilidad del mensaje, lo que quieres es que la gente vea que hay alguien
que te acepta tal y como eres. Bonita fotografía en medio de un Halloween hecho
al vapor, simpático te ves con el trinche, los cuernos y esa mascara de diablo enfurecido.
Has reciclado tres veces el mismo disfraz, no te importa, porque has
comprendido que la vida camina de manera acelerada, no tienes tiempo para
perderlo en buscar el atuendo de moda, solo quieres pasarla bien con la gente que te
reconoce como bueno, honesto y frontal. Sacas
decenas de fotos para reiterar que, si eres un angelito y que lo de diablo solo
queda en una caracterización paupérrima, pero sabes en el fondo que la maldad te
envuelve y te ha llevado a cometer actos vergonzosos, que no eres una ser de
luz interminable y que crees que la venganza es un acto forzoso de supervivencia.
Esa extraña sensación al ponerte los cuernos, tomar el trinche y colocarte
la máscara, es una señal puntual de las ganas que tienes de devolverle al mundo
ese malestar que por años has cargado, quieres ser un diablo en potencia, no te
soportas, necesitas ver caer a todo aquel que te ha engañado, mentido y herido,
es una petición al universo que por conciencia te ha ignorado. Ese disfraz te
da la oportunidad de sentir el poder del enojo, no quieres perdonar, solo piensas
en la dicha de que otros pasen por el sufrimiento, eso te alegra y te mantiene
en el campo de batalla, quieres que esos momentos lleguen para que tus
actitudes burlonas aparezcan y consagren lo que tanto has deseado.
Quieres clavar ese trinche, quieres perdurar en el recuerdo de todos
aquellos que te han hecho menos, has ideado por años las formas de tortura que ocuparías
para completar la hazaña que taladra tu mente. Quieres realizar diabluras y
provocar dolor en el alma de la gente que ríe sin prejuicios, necesitas sembrar
el miedo, has huido un centenar de veces de la terapia, porque piensas que eso
es una tontería. Nadie creería que anotas en una libreta lo que consideras un insulto
a tu persona, has creado una clasificación exacta para detectar quienes serian
tus victimas perfectas.
Vives en un escenario de resentimiento. Sabes que la única oportunidad para
sociabilizar es irrumpir en las reuniones como si fueras un invitado esperado,
querido, amado, es la manera en la que puedes convivir de manera habitual. Has planeado
desde junio venir a esta fiesta de disfraces, a gozar de la noche de brujas y reencontrarte
con viejos conocidos, saludar sin importar quien sea y llevarte esas fotografías
como si fueran un trofeo. Después volverás a aquella habitación con un olor
peculiar, te relajaras y comenzaras a cantar, guardaras el disfraz y esperaras
doce meses, buscaras la forma de ser protagonista, de presumir lo que no existe
y de generar absurdas expectativas. En sueños te susurra ese trinche y te pide
que acciones la furia que llevas dentro para encontrar sanación, pero el ángel
que del tanto escapas te hace dudar para que no cometas una estupidez.
Quieres atención, quieres sobresalir, pero te encuentras atado a tus
miedos, heridas, estas atrapado en la calamidad y el sabotaje, estas asustado
porque no sabes quién eres, quieres desaparecer y quieres clavarte el trinche
para despertar en otra parte.
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