Las habladurías.

 

La gente habla de los demás como si fuera su labor, dicen tantas cosas que están fuera de la realidad, porque caen a su mundo de suposiciones y en sus arrebatos de creencias retorcidas, todos se hacen preguntas, pero nadie se atreve a indagar la verdad. Siguen hablando y persiguen sus teorías con el afán de encontrar el argumento que los deje en paz y con esa satisfacción que los haga replicar el ejercicio con los que son vulnerables.

Se plantean muchos puntos, pero créanme el porcentaje de equivocaciones es alto. Esas largas conversaciones se pueden olvidar cuando los primeros rayos de la mañana lleguen a sofocar la plenitud de aquellos que solo pretenden ser felices, pero los desdichados están generando veneno para arruinar los avances y los instantes llenos de cariño, de esta manera es como los dolores de los osados habladores se riegan y se expanden dejando hostilidad, manteniendo la incertidumbre e impulsando una cruel ráfaga de mentiras que dejan caras largas y palabras crueles.

Es un desafío escapar de esas lenguas largas y obscuras. No hay una forma gratificante de huir y de establecer un alto total, todo el tiempo los seres tóxicos están observando y anotando cada movimiento, buscan el error para señalarlo, es esa necesidad de exponer la carencia y la incapacidad de corregir. Que dura es la ambición por desnudar a los personajes que viven en bienestar cuando los espectadores están dolidos, enardecidos, lastimados, esos personas que solo piensan en el gozo por ver al otro llorar. Los tiranos vagan por todos lados, se murmuran, se esconcen y sobresalen en los momentos en donde el silencio debería ser el protagonista.

Esa gente que habla de otros con sutil enjundia son los mismos que llevan el desorden en sus interiores, son los que encienden sin avisar todos los campos fértiles, son los que destruyen puentes, los que se alejan para glorificar la indiferencia, esos que se quejan día y noche, los que se quedan solos para idear la tragedia, son los que hablan sin remedio y no disimulan la desgracia de sus dichos. Cuando son descubiertos en sus absurdas invenciones, se hacen los desentendidos, son los que adornan la maldad con destellos de bondad, son aquellos que quieren reconciliar y a la vez promueven la guerra. Son seres con una doble cara, con infinidad de disfraces, los que pueden amanecer sin ocuparse de sus consecuencias, son los que no razonan y se aferran a las raíces que se van pudriendo.

Las habladurías llegan muy lejos y sus autores se desconectan cuando han logrado que la vida sea desagradable, buscan refugiarse para reírse de las penurias ajenas, son felices por un momento y en un repentino movimiento terminan por desajustar el tiempo, la justicia y la gracia. Quieren que el caos sea un escenario permanente donde los buenos se queden relegados, donde los malos triunfen y se hagan de fieles seguidores, es el objetivo del veneno que va carcomiendo las posibilidades de un mundo mejor.

El chisme es una terapia para el que por alguna razón ha probado el ocio. Es ahí donde las palabras se enredan y asfixian al prudente, todos quedan envueltos en la incoherencia, en el egoísmo, en la irritación de la falta de amor, en la sospecha de que la ira es un factor de quiebre y derrumbe. Ahí viene la muchedumbre hablando de los sueños que se han perdido en la cueva de la inmundicia y la decadencia, ahí viene lo que parece una aplanadora gigante, lo que terminara por dejarnos en ruinas y en dolencias contundentes, ahí viene la mentira atando a la verdad imponiendo el miedo con amenazas de muerte mientras el hablador abraza la victoria con cierta seriedad y soberbia.

 

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