Divorcio.
Dos plantas marchitas, un escritorio de caoba, trece cajas de documentos, dos
sillas descompuestas, cuatro portarretratos, tres cuadros, una computadora del
año dos mil doce, un reloj de pared, siete libros de autoayuda, una taza, un
vaso, un archivero, son todos los objetos que me dispongo a vender después de
que decidí cerrar un ciclo intentando componer el mundo de otros. Todo lo rematare,
no quiero saber nada de papeleos y de historias sin pies ni cabeza, necesito
visitar a mis primas en aquella paradisiaca playa.
Es momento de perderme en mi burbuja, cuidar de mis propiedades, de mi extensa
biblioteca, de podar el jardín cada quince días, de ir a la iglesia cada vez
que me plazca, de comer sin prisas, de pasar horas frente al televisor, de
distraerme de lo que parece ser un caos. De arreglar por fin lo de mi testamento,
de ir al retiro que tanto he soñado, de olvidarme de los clientes que solo
buscaban mejor su vida a través de querellas infructuosas. El hartazgo me hizo
añicos, ya no tenía tiempo para pensar en mis recuerdos, para leer con
paciencia, dejé que el mundo me tragara en encomiendas que eran útiles para
muchos y repetitivas para mí, el estrés me advertía que este ritmo no era lo
que necesitaba y un día decidí pasar todos mis casos al hijo de uno de mis
mejores amigos.
Los divorcios que consolide fueron demasiados. Esos personajes que alguna
vez fueron parejas eran bestias que quería sacarse los ojos, siempre intervine para
que existieran acuerdos razonables y darle fin a la guerra de intereses. Mi especialidad
era terminar con vínculos desastrosos, incompetentes, lamentables, esa era la
base de mis días, hacer firmar a dos sujetos que quieran perjudicar, sacar
ventaja, imponer condiciones, cosas que no pensaron cuando se unieron, quizá porque
sentían un amor profundo, estaban ilusionados, estaban ciegos, no veían lo que
la realidad les ofrecía y al paso del tiempo comenzaban las disputas, los
engaños, las disculpas efímeras, los insultos, las desconfianzas y las artimañas.
Por eso ahora que me sobra el tiempo para pensar con serenidad. En mi
cabeza da vueltas: ¿para que la gente se queda atada con ideas obsoletas?, ¿para
que esperar que la muerte los separe?, ¿para que agonizar por tantos años?, que
necesidad de aguantar los lastres, las humillaciones, los sometimientos, para
que intentar sumar cuando solo hay modos para restar. En vez de vivir en amor
gozan el desamor con una facilidad infinita, les gusta sentir el ardor de las
heridas, les encanta caer con la misma piedra, se acostumbran a los tropiezos,
a las migajas de lo que parece solo un lazo de interés y comodidad.
La verdad a mí me causaba alegría cuando veía que las partes en cuestión
firmaban de forma civilizada, sin alegar, sin reclamar, era un día para
celebrar, para confirmar que si existen los finales felices, los buenos
acuerdos, los argumentos sólidos. Es ahí cuando las caretas se caen y las
verdades emergen, es ahí cuando brilla el amor propio de los contrincantes, es
el alivio al dolor que los hizo padecer tantos trabucos.
Yo por eso jamás me case, determine no tener hijos, me visualice con una esencia
rara que implicaba cuestionamientos constantes, ahora estoy feliz disfrutando
de mi vejez, de mi soledad, de mis bienes, de mis decisiones, de mis antojos. Soy
una mujer radical, insolente, emprendedora, complicada, pero con un inmenso
amor por la vida, tanto así que no quise compartir nada con ningún hombre, solo
elegí aventuras y me dispuse a poner un alto a lo que creía fuera de lugar.
Lamento que la gente se tenga que divorciar, pero la gente no se ayuda, no
quiere contribuir, no quiere abonar, ni construir, la gente opta por cortar de
tajo.
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