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Se aproxima la lluvia.

 

Ahora que miras el horizonte, te atreves a cuestionarte y a caer en añoranzas. De repente tomaste la decisión de transformar esos bosquejos que en sueños realizabas y saliste corriendo para aventurarte a la recolección de experiencias, ahora estas sentado en esa gran roca viendo como el viento juega con los arboles y como se aproxima la lluvia.

Vez el pasado y sonríes de forma tímida, te das cuenta de que tenías grandes posibilidades de mantenerte en un lugar lleno de aire fresco, pero buscaste las excusas perfectas para asfixiarte y retomar esas ilusiones pendientes, sigues pensando en que habría sido si te hubieras quedado y nadado contracorriente, el corazón se agita al saber que la apuesta era grande, pero ya no existían razones para sostener un puente en donde los maremotos eran recurrentes.

La añoranza te aplasta y sabes que el silencio fue un enemigo, buscaste aliados para entretenerte y comprender de alguna forma que lo que hacías no estaba bien, no te importo dejar en ruinas todo lo que en algún momento se construyó, no pensaste en retroceder, jugaste al conquistador y terminaste herido. No tuviste tiempo para reflexionar, te aventaste al tobogán y creías tener el control, pero con el tiempo te diste cuenta de que te habías engañado de una forma insolente.

El horizonte te muestra la realidad. Cada uno está en el justo lugar, cada uno de los personajes de la novela se encuentra en sus infiernos, combaten el juego con sus lágrimas y se despellejan esperando encontrar una nueva versión que los haga reivindicar sus actos, pero el tiempo ha trascurrido y los cambios son visibles, no hay oportunidad de dialogo, no hay argumentos, no hay solidez en las palabras, todo se fue por esas manecillas que no se cansan de dar vueltas.

Esos personajes que te aconsejaban ahora están dispersos y adoloridos, están avergonzados, están diluyéndose entre la tinta y los vagos pensamientos de un escritor que va reinventando sus historias. Ya no te encuentras ni en los borradores, ya eres parte del olvido constante, de ese calendario que no se toma en cuenta, de esa música que suena y resuena sin contemplar el paso de las horas. Las arrugas son inminentes, las angustias son palpables y las travesías interminables, confías en la añoranza como parte de una estrategia que te llevara a los episodios que fueron reveladores y esplendidos, pero la añoranza esta cansada de tus caprichos que también se van añejando y que se van quedando relegados por el presente que es enérgico y sorprendente.

Esa roca que por siglos ahí ha estado y te sirve de asiento, quiere que te vayas, que salgas a divagar y localices las respuestas que necesitas para despertar y comprender que el camino es largo, sinuoso, bello y que no hay retorno.  Requieres acumular tanta experiencia para enfrentar todas esas encomiendas que la vida te tiene, es momento de romper esas anotaciones que te advertían de las turbulencias, te debes de equipar para bajar a la ciudad y sentir ese miedo que te impulsa a descubrir la valía y la verdad. No puedes quedarte en medio de estas cuevas, no debes atar tu alma a los frondosos arboles y perderte en el horizonte como si fuera algo ajeno.

La añoranza penetra cada uno de tus huesos, hurga en esos tesoros enterrados en el corazón, te hace temblar en cada recuerdo, te arroja a la fragilidad de lo que pudo ser, te hace dudar y a la vez te azota en una resignación profunda e inevitable. Te sacude y te impulsa a ver un nuevo amanecer y te hace toser para que te des cuenta de que estas vivo y vas ganando.

 

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