Ojos que no ven.
Miro el techo de mi cuarto y aprecio ese
maravilloso color amarillo, giro hacia los lados y las paredes van de un verde
olivo hasta un rosa mexicano, el silencio no se puede mantener aquí entre el
murmullo de mis vecinos y los gritos contundentes de que reforcemos los
endebles muros hechos de lonas, bolsas de plástico, cartones, ya que pronto
lloverá y es así que el campamento multicolor y deforme quedara a la deriva con
todos nosotros adentro esperando que no nos llueva sobre mojado.
Han pasado noventa y siete días de que la
tierra se nos movió de forma repentina dejándonos desvalidos y esperanzados a
las promesas de un gobierno que se ufana de que esta con nosotros, pero
realmente rostros que en mi vida había visto me han cobijado durante todo este
tiempo esperando un dictamen que nos indique que podemos regresar al edificio
que en apariencia quedo inhabitable. Esta tragedia rompió con la cotidianidad,
ahora mis hijos están viviendo con mi madre, yo renuncie a mi trabajo, mis
hermanos me piden desista de esperar la respuesta de las autoridades pero aquí
estaré hasta que una voz solidaria nos diga que seguirá en esto que llaman
reconstrucción.
La ayuda de los desconocidos y su compañía estrecha
son sinónimo de que nos hemos convertido en
una familia inseparable, sus visitas son puntuales y entre tanta gente
siempre está la cariñosa Magda, una mujer que viene paso a paso con ayuda de su
bastón a dejar todas las tardes unas
piezas de pan y palabras de aliento, ella se sienta en lo que es mi sala, un
lindo cartón rematado con pedazos de hule espuma y comienza a platicarme de
cómo le fue en la vendimia de sus postres, del ajetreo en el transporte, de los
cambios climáticos a los que se debe de enfrentar, situaciones que ya son
ajenas para mí por la interminable espera que me tiene de pie con las fuerzas
que me quedan.
Las personas con ese afán de ayuda han
disminuido al paso del tiempo, pocos son los incansables y los que se mantienen
atentos a lo que pasara con lo que era nuestro hogar, en la radio y televisión
los reportes sea han vuelto escasos, ese miedo al olvido es inminente, ese
temor a la indiferencia es persistente y solo desaparecen de mi mente al
escuchar las risas de mis hijos cuando se hacen presentes y me sacan de este
terruño improvisado. Los días son eternos entre estas lonas donde abundan todo
tipo de olores, sensaciones, emociones y anécdotas que nos vuelven
irreconocibles desde aquel día que parecía transcurría sin contratiempos y que
recuerdo cocinaba una rica sopa de verduras y unas pechugas rellenas para que
la hora de la comida fuera excepcional pero el destino se encargó de
trasladarnos a la realidad de la cual quisiera despertar.
-Mija, no te preocupes por el futuro que
aquí estaré mientras dure esto- me repite todos los días Magda mientras me sonríe.
Que mujer tan cálida a pesar de que su
ceguera no le permite ver mi estado, ella siente con su gran corazón lo que
estoy sufriendo y cuando ella se va me cuestiono el por qué todos los que
observan esta tragedia se limitan a pasar de largo como si algo los hiciera
huir. La compasión se diluye mientras las horas de zozobra se acumulan y lo
único dulce que saboreo es el pan que me han traído esta tarde.
Ahora comprendo que el tenerlo todo no es
garantía de felicidad y bien dicen que ojos que no ven, corazón que no siente.
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