El pejelagarto y los dinosaurios.
Una mañana soleada
en esta urbe donde parece todo sereno con tendencia a lo apacible. Todos entran en su rutina
diaria, se acomodan la corbata, se ajustan la falda, sacuden los zapatos y se
ponen la fragancia de su predilección, todos salen de prisa para tomar el subterráneo
y los valientes toman el volante jugando al azar con los semáforos.
Nadie se da cuenta
de los pequeños detalles porque el reloj es el que manda en las mentes de la mayoría
que tiene que esforzarse y entregarse al máximo a sus labores, dejando hasta el
último aliento para no naufragar en este océano de materialismo y búsqueda de perfección.
Los vehículos no se mueven en aquel largo túnel, la temperatura comienza a
elevarse, los móviles no paran de sonar y la incomodidad del sudor es evidente.
Pasan los minutos y
por fin todos regresan a la luz después de estar detenidos engendrando
desquicio y mal humor pues lamentablemente se hace tarde para esa cita
importante, esa junta inaplazable, ese momento que rige la exactitud y todo
parece miel sobre hojuelas hasta que una voz grita desesperadamente que los
dinosaurios han entrado a la ciudad y amanezcan con destruir todo a su paso.
Los servicios de emergencias están saturados, la mayoría corre, lloran, se limpian
el tan épico sudor, muchos quieren escapar pero solo les queda esperar a que
ocurra lo peor.
Esos dinosaurios que
ya estaban casi en la extinción se han
reproducido como si fueran producto en serie y ahora aparecen para recuperar lo
que fue su territorio y su poder en las mentes de los que han sido indiferentes
a los pequeños detalles que ahora se intuye será una pesadilla envuelta en un
bienestar incógnito y en dosis pequeñas para no emocionar al público deseoso de
gloria.
Mientras los
dinosaurios avanzan y asustan a los que creían que ya no verían a ninguno por
esta selva de asfalto, cae una tormenta que forma ríos y lagos donde el
pejelagarto intenta prosperar y gobernar de manera ocurrente y anhela ser el más
popular pues en este caudal de posibilidades no fallara y se mantendrá, al
igual que aquellos dinosaurios que devoran los rascacielos como si fueran ramas
de rica vegetación. Aquellos humanos que creían en la democracia y en la
prosperidad a corto plazo comienzan a tomar un aspecto de bonobo y comienzan a
mimetizarse con este lienzo salvaje donde sobrevivirá el más fuerte sometiendo
a los débiles.
Comenzará de manera
silenciosa una guerra de ideales y pensamientos de exigencia, los dinosaurios
tomaran el poder de lo devastado, el pejelagarto convocara a la paz y reconciliación
para que haya un cambio en la forma de hacer las cosas, los miles de bonobos tendrán
que seguir las reglas y tendrán que remar aquellas barcas que están esperando y
colonizar nuevamente lo que parece desértico y los dinosaurios solo se
domesticaran para adentrarse en los rincones que alguna vez manejaron, sin
perder la intención de llegar y reinar
el gran lago.
Las corbatas han
terminado en el piso, los zapatos han quedado empolvados, la fragancia ahora se
sustituye por el mal olor que el esfuerzo provoca bajo los rayos del sol, ahora
el cielo esta nublado y se dice habrá numerosas precipitaciones. Mirar el reloj
es lo que menos importa, los pocos vehículos que quedan transitan sin
preocupaciones, el subterráneo está repleto de cascaras de banana y todo es un
maravilloso reino animal, un reino irreal con incertidumbre, con una connotación
escalofriante por ser ignorantes a lo
que sucede, minimizándolo porque creemos que no es de nuestra incumbencia
cuando es totalmente nuestra responsabilidad.
¿Qué prefieres sudar
por el intenso tránsito o por el esfuerzo para sobrevivir?
Quizá tu respuesta fue: "No
más de lo mismo".
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