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Epistaxis.


Ayer pensé que este día llegaría, mi alegría es incontenible, ese pánico escénico tan habitual se apodera de mí ser cuando voy a compartir mis ideas ante un público ansioso de percibir. Cuando estoy en el estrado descubro en la audiencia rostros desesperados, manos inquietas, piernas temblando, algunos con una mueca confusa, otros con una mirada que es penetrante, que sofoca el ambiente.

Mientras esto ocurre, en otros puntos de la urbe, un niño está siendo golpeando, una mujer está siendo violentada, alguien está muriendo por una agresión con arma de fuego, personas están muriendo de hambre, otras están siendo discriminadas, insultadas y sobajadas. Mis pensamientos se revuelven, sigo observando como las personas esperan en sus asientos, son indiferentes con en el  de al lado, no brindan ni una sonrisa, ni se atreven a saludar, nos hemos convertido en seres robotizados, que solo nos ocupamos de nuestros intereses, inflamos nuestro ego, huimos del sufrimiento y del análisis del mismo, con tal de sentirnos a salvo.

Somos agresivos por naturaleza, es algo que viene incluido en nosotros y lo accionamos cuando debemos defender algo que nos pertenece, es un mecanismo de defensa que esta alerta para enfrentarse al mundo con un tejido descompuesto. Nos olvidamos de nuestro lado generoso y nos inmiscuimos en toda la violencia generada día con día al grado de normalizarla.

Al momento de leer, siento como las miradas se vuelven dardos, mi concentración comienza a tambalearse, muchos se voltean a ver sin un motivo en específico, muchos agachan la cabeza en señal de reflexión y otros siguen siendo indiferentes porque no les importa. Después un silencio invade el lugar, como si todos nos metiéramos a las trincheras esperando la siguiente batalla, todos estamos a la defensiva en esta atmósfera densa y cegadora.

No sería mejor quitarnos las caretas, sonreír, saludar, agradecer, el estar en paz, en este espacio donde nos hemos reunido para compartir nuestra pasión, nuestra vocación, nuestros sueños. Erradiquemos lo que nos pone mal, formalicemos un dialogo, acabemos con el desorden y pensemos en el prójimo como si fuera una pieza primordial en nuestra existencia. Esforcémonos por derribar, la arrogancia, el clasismo, la altanería, la indiferencia, la maldad y busquemos prolongar la felicidad que en ocasiones es escasa.

Aprovecho para contarles que una hemorragia nasal estaba convirtiendo mi tarde en algo desastroso, pues hizo que me atrasara, me desesperara, me manchara y de ninguna forma paraba y es cuando decidí recostarme y tranquilizarme. La sangre es escandalosa cuando esto me pasa y he aprendido a concentrarme en evitar la exasperación, para no terminar como pizza bañada en salsa de tomate. De esa misma manera debemos de contenernos y no acostumbrarnos a los golpes, a las muertes, a la sangre, al insulto, de alguna forma todo esto debe de parar y todo comienza en nuestra manera de ver las situaciones.

Observo nuevamente los rostros y todos me observan de una forma indescriptible. Siento la empatía que debe perdurar cuando todos salgamos de aquí, siento como algunos sonríen de forma inesperada. Aceptémonos tal y como somos, no rechacemos a nadie por su forma de pensar o de ser, búsquenos la manera de que eso nos enriquezca y fortalezca nuestro concepto de respeto, que nuestras posturas religiosas o políticas no sean un pretexto para orquestar guerras, que sean un motivo para conciliar nuestras ideas y ser felices.

Después de estas horas ajetreadas, emocionantes y reconfortantes, me iré caminando y seguiré mirando rostros, esperando que algún día podamos sonreír al mismo tiempo y reventemos nuestras burbujas.

Quizá tenga que correr antes de que me sorprenda la siguiente epistaxis y llegue el anhelo constante de que mañana será otro día para hacer la diferencia.

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