Buenos deseos.
Mandas todos los buenos deseos, como si estos fueran confeti en fiesta de domingo, esas intenciones son una característica habitual que nace de un corazón que se somete a los drásticos cambios de los individuos que deambulan en una orilla imaginara de alto contenido energético y filosófico. Las veladoras se encienden como si estas fueran a cumplir los milagros y establecieran una conexión divina, cuando la fe solo es un elemento que se hurga al momento de los peligros mas revolucionados.
Esas oraciones
cortas son un espasmo que se encuentra en un pecho aturdido por las noticias
que se escuchan y las sensaciones negativas que rondan esa coraza material, un
bunker adornado con expectativas rudimentarias son las mismas que te azotan en
un espejo que es inamovible en aquel pasillo. Las arengas que se perciben,
provienen de un pequeño grupo de personas, que van y vienen, como si no
tuvieran otra cosa que hacer, intentan sacar a los malvados que han secuestrado
un palacio repleto de historias y asuntos improvisados.
Tomas el timón de la
embarcación que te asignaron y no lo piensas, enciendes el motor de aquel vehículo,
que te trasportara al terreno que has ambientado con lo necesario para sentirte
a salvo de todos los señalamientos, juicios y chistes, no quieres enfrentar la
realidad, no reconoces tus irresponsabilidades y presumes la serenidad
sobreactuada, que meditas cada noche para volver a empezar batallas constantes.
No te queda tiempo para reflexionar, no muestras interés, no se te ocurre como
ayudar, no planeas manifestar esa bondad que se está quedando rezagada.
Esos despertares,
son un tormento, son como si martillaran un pedazo de acero, solo para
fastidiar la armonía que con esfuerzo levantaste en una habitación sin un toque
de luz, esas frases repetitivas, ya no te hacen efecto y disimulas una estimulación,
después volteas a ver el suelo y descubres como pequeños rastros de la ceniza se desplazan
a los rincones, quemaste todas las cartas que el corazón te dictaba, ya no
quieres saber nada del pasado y de esas verdades insólitas, que te hicieron un
ser malcriado hasta con el que te da amor del bueno.
La marea comienza a
subir, te cubre los tobillos y recuerdas aquella religiosidad que te embriaga y
te cierra puertas, llevas un sotana imaginaria, te persignas, le pides al
todopoderoso que no te deje, gritas y te revuelcas, mientras la marea te invade
y saluda tu ombligo, estas despedazado, estas incomodo, la desesperación no se
calma con nada, quieres correr, pero el horizonte es obscuro, ya no hay forma
de regresar a la cotidianidad, te resguardas entre arbustos y vences el miedo
con inventos, con pensamientos irracionales. Esos martillazos aparecen, como un
tremendo recordatorio, sientes temor, anhelas que el sol aparezca y te de la
pauta para volver con un cambio significativo.
Sigues mandando los
buenos deseos, quizá eso te hace mejor persona, evita que pases desapercibido. Te
mantienen en una lista que se va modificando conforme el destino quiere y los
protagonistas lo consideran. A lo lejos escuchas el murmullo de rezos de esas
personas que son imperfectas, que están atadas a la creencia que todo caerá del
cielo como arte de magia y que siguen rompiendo reglas en el plano terrenal. Escuchas las oraciones que todo mundo sabe y
dan vueltas en el colapso que llevas en la mente, quieres librarte del mal,
quieres ir al reino, quieres morder el pan que te toca este día y sigues
ofendiendo porque al final serás perdonado. Esa tentación te vuelve insaciable
y te conviertes en un vagabundo, que busca un lugar donde pasar la noche y que
esa marea no sea razón para no soñar.
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