Cuento: Apicectomía. Antología encerrados y libres.
Hay dolores que dinamitan el ser y que
no se le desean a nadie. Mi ansiedad es inminente, como cuando competía y
ganaba todo en la lucha grecorromana, esa sensación de colgarte medallas me
invade, no puede conciliar el sueño, porque anhelaba que llegara este día veinte,
como cada mes, correr ese largo pasillo, esperando la prótesis de la rodilla
derecha no me lo impida y llegar al
buzón para recoger puntualmente la carta de mi querido y lejano Álvaro Aldana,
romper el sobre y penetrar toda mi atención en esas letras deformes y
desesperadas, sentirme en compañía de alguien y cobijarme en sincero cariño. Mi
pensamiento esta atento al momento descrito, repitiéndose una y otra vez en mi
cabeza, mientras estoy boquiabierto ante aquel armamento que somete mi segundo
molar superior derecho queriendo extraer un quiste periapical, la anestesia
hace un efecto preciso y comienza a confundirme entre el blues y los tantos
comentarios que hace le cirujano al asistente, dejándome el tiempo suficiente
para pensar en la carta y el contenido, la luz del consultorio que apenas
alcanzo a percibir me da la serenidad para divagar en los hermosos tres años
que he estado leyendo cada misiva, tratando de calmar el dolor y la impaciencia
con respuestas simples y lógicas. Necesito que este calvario termine para ir y
escudriñar cada párrafo, comprender cada palabra y tratar de ponerle un punto
final.
Después de dos horas, siento como van
cosiendo mi devastada encía y comienzo a percibir un aroma a menta que hace
recodar a Fermín, el era mi inquilino, sofisticado y precoz amoroso, excelente
cocinero y sagaz para jugar domino, lastima que un día salió de casa y no
regreso, se comenta que andaba con un ludópata y lo aposto, otros dicen que
escapo hacia Europa por razones sentimentales, nunca sabre, de hecho su
habitación sigue intacta por si algún día vuelve. En su opulenta recamara hay
una serie de fotografías, cuadros, espejos y coloridos atuendos, el olor a
menta se conserva entre cada objeto y cada rayo de luz que entra por la
ventana.
Siento la mitad de mi rostro ardiendo e inflamado,
escucho las indicaciones y los cuidados del doctor Zurita, para que la
recuperación sea un éxito, tengo unos extraños mareos, pero eso no impide
ponerme de pie y mantener mi corpulento cuerpo, intento caminar con pasos
apresurados hacia la cita con ese destino que he tejido de forma cruel, aspirando
a la perfección, dejando una historia a la deriva, dependiendo de cartas y
postales. Álvaro, odia con singular firmeza todo lo que tenga que ver con
teclados, el sigue escribiendo a mano y utiliza el servicio postal y yo soy
todo lo contrario, pero con el hago el esfuerzo de responderle en tinta y
papel, rompo con mi asfixiante pereza, para seguir con esta historia que se
suspende en interrogantes y muchas mentiras.
Por fin llego, recojo la carta y camino
aquel extenuante túnel, subo las estrechas escaleras y abro la pueta del numero
nueve, casa de todos los que tengan buenas intenciones y perversas fijaciones.
Me tiro en el sofá con cierto cuidado para no estropear la herida bucal,
despedazo el sobre y mantengo en mis manos aquella hoja que tiene un
significado singular, esas letras plasmadas en color verde, es un placebo que
me glorifica cada treinta días. En esta carta Álvaro cuenta que está en
Tegucigalpa atendiendo una plaga en algunos cafetales y que pronto regresará a
la ciudad de México para verme y hacer efectiva la compra de una finca en
Temixco y revisar el proyecto de los invernaderos para cultivar la menta, que
teníamos en pausa desde hace tres años, al leer esas líneas, el dolor tras la
cirugía es contundente y el abultamiento es evidente, unas pulsaciones invaden
la zona intervenida y sudo como si alguien me amenazara con un bisturí.
Por un momento quisiera un poco de
cannabis o beber un suculento ron, pero la reciente herida no lo permite, el
efecto de la anestesia ha pasado y una cefalea me invade, me tomo los
analgésicos y dejo fluir mis pensamientos al grado de buscar alternativas
prudentes y contestarle a Álvaro, como muchas veces lo he hecho. El reloj marca cuarto para las diez y siento
como supura la encía y reconozco el sabor de la sangre, trato de comer un trozo
de gelatina de limón y pareciera que todo esta en mi contra al ver el color
verde de lo que es mi cena, después de mi acto circense para masticar, me
dispongo a cepillarme los dientes y hacer los enjuagues recomendados, no dejo
de pensar en la respuesta. El dolor es indescriptible, un dolor que no se
calma, que perdurará y que tendrá consecuencias. Tomo el bolígrafo y comienzo a
escribir la probable respuesta, me cuestiono por qué tuve que abrir las cartas
y absurdamente contestarlas, cuando yo sabia que Álvaro no tenía planes de
jamás regresar.
Siento una terrible angustia, mi barba
en este momento ya parce un estropajo, quisiera que Fermín estuviera aquí y le
contestara a Álvaro, que le dijera que lo espera con los brazos abiertos y que
siempre a tenido la esperanza de verlo a los ojos y perdonarlo. No se si
arrancarme el molar o terminar la contestación, la gloria se ha convertido en
infierno, estos tres años de fomentar ilusiones ahora son tormentos. Entro a la
intacta y ostentosa habitación de Fermín y veo entre esas fotografías la que
dice eres el amor mentolado de mi vida y lógico ahí está el rostro con nariz
respingada de Álvaro.
Veintiuno de diciembre, despierto y me
cae el veinte, que no debí abrir las cartas, si no era yo el destinatario.
Busco las treinta y tantas cartas y las invado de cinta adhesiva y las meto en
una caja. Me dispongo a ir al servicio postal y mandar el paquete a la capital
hondureña, voy por aquel lúgubre pasillo y llego al buzón para revisarlo y
encuentro una carta donde el destinatario soy yo, Eustasio Nakamura, dirigida
desde San Pedro Sula, remitente Fermín Bravo.
Es tanta la impresión que la
apicectomía se me ha olvidado entre las cartas de amores lejanos y figurados,
ahora tan cercanos, volveré al sofá a contestar una carta con un té de menta
helado y bien cargado como en mis años mozos en boca del drago.
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