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No hay forma de tener a todos contentos.

 

Ya basta de esa inventiva de persecución e inmadurez. Callemos por un momento y miremos el entorno, esta revuelto, manchado, áspero, encendido, desolado, nuestra presencia se vuelve necia, estorbosa, intriga, cuando solo pensamos en indagar con una inspiración escabrosa y tensa. Que comience la reforestación de los sitios que por descuido has dejado a la desgracia, a la improvisación de la felicidad y a todos esos insolutos dichos que se asoman para molestar.

Te expresas y después se desvanece ese desafío que se sostiene de un puño de inconformidad y una singular carcajada que se ahoga en un ciento de argumentos que no son sólidos, pero que existen en una inverosímil nube de negatividad y rebeldía. Las lenguas caen como si fueran serpientes, los rumores son piedras que van descalabrando a todo aquel que pasa con una alegría descomunal, los dedos que señalan ya están podridos. Mundos incognitos y con disturbios mayúsculos, todos corren, se mueven, se desesperan, se hipnotizan con esas melodías de rigidez que ciertos gigantes grotescos crean para tambalear todos los sueños y objetivos.

No hay forma de tener a todos contentos. Todos se inspiran en acontecimientos que son ajenos, que son hechos aislados, no se puede comparar una cosa con otra, porque si hacemos el enfoque hay constancias que por ningún ángulo cuadraran. Así los contrastes de las mentes que no están en paz, que siempre tiene una polémica, un arrebato y un sinfín de inconclusas aventuras.  Somos despiadados, ignorantes, groseros, tajantes, saboteadores, malvados, somos una pieza que se opaca en los días nublados, que nos encanta pisar charcos para empapar a los que están esperanzados, somos un alud que puede detener las precisiones y las certezas. Ya basta de inventar episodios ambiguos y con remates trágicos, ya es tiempo de levantarnos y explorar lo que hace recapacitar al que le encanta estar equivocado la mayor parte del tiempo.

Hay instantes de imprudencia, con tal de aparecer en la escena y censurar lo que tiene un ritmo lento, pero seguro. Un sello para invalidar todo lo que nos parece una recóndita estupidez, ahí estamos como espectadores, cuando el tiempo nos lo permite, pero es irónico que, en días de restricciones, todo toma un toque de aceleración y constancia. Todos tenemos motivos diferentes, todos sabemos cuales son nuestras limitaciones y nuestras intrépidas acciones llenas de desfachatez y ambición. Nadie esta a salvo del juicio y la crítica, lo importante es establecer un debate profundo con uno mismo, simplemente para hallar la expectativa que nos lleve al agujero donde todas esas macabras expresiones tienen su nido.

Si respondemos a todos, terminaremos en la nada. Entonces comprendamos que la vida es una particular formula, que se va modificando dependiendo que es lo que se pretende. Si ignoramos todo es posible que no haya crecimiento. Es un juego de equilibrio, entre lo absurdo y lo sabio, entre lo que es gracioso y desafortunado, es una pertenencia carismática, un bien sin códigos, una revuelta descompuesta y un mar de rostros falsos.

La inventiva nos añade a la realidad que a toda costa queremos tachar, parece que muchos solo tienen tiempo para eso, quizá no tienen alternativa, no tienen pasión por las prioridades, tienen escases de actividades y se la pasan en una monotonía pesada y radical, no hay forma de escapar, pues todo eso trae bonanza, que dura lo suficiente, para volver a comenzar.  Intempestivamente somos una energía que rompe, sacude, distrae, advierte y determina el destino de un cuerpo que esta prestado y que se forja de pensamientos valiosos y repugnantes, porque así es la volatilidad que nos invade en cada amanecer, lo que un día nos parece extraordinario, al otro día es nefasto.


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