Dieciséis de septiembre.

 

Una guerra de mentiras sacuden a la nación con tal de obtener el poder, el más bravucón es el que ganara esta contienda que es una truculenta lección para todos aquellos que se convierten en olas ideológicas efímeras y absurdas, simpatizantes de ocasión, amantes de colores que pierden el argumento a la hora de gobernar, ciegos que van trastabillando con tal de sentirse identificados con un hombre o mujer que esta hecho para perseguir sus aspiraciones esperando que las hora exacta llegue para cantar un triunfo esperanzador y todos vitoreen sin saber que es lo que pasara durante los próximos sesenta meses.

Una carita bonita, notas auténticas, fotografías espectaculares, caóticas conversaciones, momentos de incertidumbre es lo que se asomara en aquellos amaneceres cargados de una melodía de suspenso, en un panorama rojo, en una insolente seña de autoridad incitadora que solo promueve la división de los buenos y dará chance a que sigan los malos cometiendo sus fechorías. Das un sorbo al chocolate amargo que con alegría te prepararon en aquel lugar, hojeas mientras aquel libro amarillento de Vargas Llosa y sonríes con cierta estupidez, descubres lo violentado que está el concepto de la democracia, piensas que la tiranía nos acecha con elegancia y amor, que no te das cuenta por querer sobresalir y saberte inteligente.

Caminas por el centro de la ciudad y disfrutas de la llovizna, tus ojos se pierden en esos enormes adornos que te hacen revindicar la patria en la sangre que corre por tu delicado cuerpo, la quietud te invade mientras el verde, el blanco y el rojo te hacen despertar en una fantasía de progreso y gracia, te pierdes en una dura mentira, al son de una canción de José José brincas sobre un pronunciado charco en aquella plaza rodeada de gritos y conversaciones cotidianas, es una tarde donde las preocupaciones no están en la lista de prioridades y sigues caminando con el afán de llegar y escapar del bullicio, simplemente para dar el ultimo sorbo al chocolate que te encanta y te hace convulsionar de alegría.

Das vuelta en aquella esquina histórica donde los olores se mezclan y te confunden, tus gestos son de desagrado y a la vez de antojo, quieres adivinar de donde viene ese aroma a aceite quemado, esa sensación picante, pero no encuentras el objetivo, apresuras el paso, porque las gotas ahora son pequeños trozos de hielo, intentas refugiarte entre las cornisas de los establecimientos y ahí está nuevamente el símbolo patrio que te causa revuelo y que te hace creer que todo es maravilloso y transformador, estas totalmente en una profunda hipnosis que te hace creer en la realidad grotesca y en los datos erróneos, no hay manera de hacerte reaccionar, la milagrosa solución será que los meses pasen y te den una bofetada que te haga despertar.

Por fin llegas al punto donde esta ese personaje que te causa taquicardia y te hace sudar como si estuvieras corriendo un maratón, no sabes de que se tratara la conversación, desconoces el motivo de la reunión, pero ahí esta ese ente con un periódico en mano, una boina, una gabardina, lentes tornasol, es un enigma, pero no quieres faltar a lo que parece ser un cita a ciegas, de repente volteas y descubres aquel rostro que por un lustro te ha hecho vibrar en otro nivel, te extiende la mano con familiaridad y de repente decides emprender la huida, no puedes entender que esta pasando, corres por aquella calle completamente iluminada, te resbalas y caes, sientes miedo, tus sentidos están aturdidos, comienzas a divagar y te desvaneces.

Tres días después despiertas en tu cómoda cama, es dieciséis de septiembre y lo primero que escuchas es el himno nacional.

 

 

 

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