Rey o reina.

 

Bájate del trono que te adjudicaste en aquella fantasía de domingo, entrega todos los accesorios que por algún momento te hicieron brillar y después márchate con esa cara desencajada, toma por la vereda más estrecha y piérdete con el sufrimiento que te encanta repartir de una forma irónica y manipuladora. Ya habrá tiempo para tus lamentos y recorras con disimulo tus aprendizajes que al parecer están de adorno, sigues insistiendo en eso que no tiene ni pies ni cabeza, son complejos e inventos tuyos, el día que las campanadas de la razón te despierten esos ángeles inocentes estarán muy lejos, ya no te podrán oír.

Quieres petrificar todas esas añoranzas, deseas ser el centro de atención, necesitas el nombramiento que te haga sabio, pero las posibilidades se han diluido entre los cantos ancestrales de tus quebrantos y las manifestaciones de la arrogancia que no te deja pensar con claridad. Eres el soñador que por el mundo va y das vueltas innecesarias para triunfar en corazones que están motivados para salir a buscar la felicidad que en otros lados es escaza, eres un semillero de incertidumbre, un titiritero que esta a disgusto, porque no todos quieres caer en tus manos, es así como la rabia te hace enfurecer y te vas sin rumbo, con eso crees que los demás se doblegaran ante las exigencias perdurables y atoradas que tienes en el alma.

Es momento de descubrir el verdadero rostro de incomodidad, quítate la máscara y respira con cautela, es momento de comprender que se va desbaratando el escenario que se creía seguro y que ahora está hecho pedazos. Entre la cebada y el humo de la insatisfacción te arrastras para alcanzar el espejo y entender que ahí está la respuesta inesperada, ahí está la ingenuidad que sacude cada pensamiento erróneo y endereza las columnas de los que actúan bien sin ver a quien. Los amaneceres son diferentes, son un desafío, no tan fácil puedes abrir los ojos, la pesadez te gobierna y te somete a la brevedad de la hostilidad, la fe no alcanza, el tiempo ya no sobra y tus palabras condenatorias se revierten, porque sabes que tienes responsabilidad en la fractura del puente, no quieres reconocer que eres parte del argumento que sostiene todo lo trágico y lo indescriptible.

Rey o reina, lo que intentaste ser, eso es cosa del pasado, los mendigos se han convertido en seres consientes, ya no quieren permanecer en un lugar donde los objetos dan vuelta, las ideas son efímeras y los sentimientos son cuestionados, los seres que han alcanzado su libertad escapan con una gran sonrisa, haciendo de las cadenas, hermosas coronas de flores. Te derrocaron tus ambiciosos planes, te dejaron herido, te dejaron en una soledad densa, te expulsaron de lo que fue un reino digno de aplaudir, ahora los aires tienen un grato aroma a café, a perfumes que cuando se mezclan se traducen en armonía y satisfacción.

Dime que no entiendes, dime que son todas esas cosas que te hacen tropezar, escríbeme una carta donde me digas que fue lo que paso, inspírate y encuentra la paz entre todos los recuerdos que compartimos, después brinda por el presente, indaga en tus intenciones y restablece la conexión con los acontecimientos que relucen en el horizonte, no te duermas a medio camino, mantente alerta, siente la respiración y si sabes rezar pues hazlo, no menosprecies lo vivido y tampoco le quites valor a lo que con entusiasmo construiste, solo date cuenta que el reinado imaginario se acabó, se terminó de una forma atroz, porque tus miedos intervinieron y fusilaron lo sano y lo elocuente.

El trono en cenizas se convirtió, los domingos siguen pasando y algunos quizá sigan esperando al soberano que jamás existió.

 

 

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