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Diminuto insecto.

 

Un montón de luciérnagas cubren mi cuerpo que va oscilando entre los conflictos materiales de los que se observan y están cansados de escapar, muchos se hacen los occisos al mirar que voy pasando de prisa y con cierto hermetismo, me ignoran o me temen por el brillo de aquellos insectos que me persiguen para alumbrar mi camino. Realmente no sé en qué momento sucedió que el mundo se desgajo y el cinismo doblego esas verdades que fueron bien contadas, que terminaron en mentiras, en ilusiones decepcionantes, en colores indeseables, en canciones con un mensaje grotesco, de repente una avalancha de descaro cubrió mi pequeño cuerpo, por momentos pensé que iba a morir, pero la destreza de mis movimientos permitió que saliera ileso de lo que es una catástrofe. Abrí los ojos y todo era negro solo estaba un baúl viejo a mi lado y la curiosidad me llevo a abrirlo y es ahí cuando las luciérnagas se adueñaron de mi y de mis tantas huidas, después el baúl se desmorono y el miedo hizo que pegara un brinco que me llevo al desierto que muchas veces he soñado, a los lejos vi unos cuantos camellos y después me desmaye.

Amanecí entre gritos y llantos, era aquel día en que todo se había descubierto, todos ya sabían que era yo el responsable de la tiranía que los tenia sometidos, era yo el miserable que los orillaba a suplicar, era yo el inventor de tantas historias huecas y nefastas, era el malvado que hacia de los personajes lo que yo quería, los sobrevivientes a la devastación me pedían que me fuera y que no volviera, pero de un borrón los desparecí y los deje con las ganas de verme derrotado, las luciérnagas persisten y me siguen, como si algo trataran de decirme, quizá me estoy volviendo loco, quizá me quede poco tiempo para meditar si sigo derramando la tinta en forma de letras.

La ironía me convierte en un dictador irreverente, en un cuentacuentos que ha perdido el sentido de la realidad y se empeña en trascender con sutileza, soy el verdugo de la felicidad de esas presencias rosas y azules, soy el ingrato que tritura con osadía lo que no tiene forma ni determinación. Cuando tengo hambre atrapo una que otra luciérnaga y la devoro, me encanta el sabor agridulce que envuelve mi paladar, es una sensación única y que me da la certeza que esto es producto de mi imaginación, es un sometimiento de mi crueldad, de mi lado bonito, es un estallido de argumentos que hieren a los que intentan escribir ciencia ficción o estrategia disfrazada de pensamientos mágicos.

Soy la tortura de los que intentan calibrar su estado de animo al son de la meditación y la dispersión, soy aquel que no duerme por estar pensando en el mejor final para mi peor cuento, no paro de reír cuando la gente supone cosas que son una mentira del tamaño de su indiferencia, no soportan el simple hecho que compartimos la misma conexión para inspirarnos y es por eso que escapan y a las horas se convierten luciérnagas, en lagartijas, en hormigas, en mariposas, en lombrices, el tiempo los alcanza para cobrarles con severidad lo que no hicieron durante el disfrute de su creación, terminan siendo parte de la naturaleza que se destaca por ser efímera y en algunos casos renovable y desastrosa.

Hoy tomare un puñado de luciérnagas y hare un delicioso pastel para festejar la soberbia de los que creen que todo lo tienen resuelto, de esos que tienen temor a ser inferiores, de los que no aguantan una broma, pero insisten en ganar con trampas y despotricar que son triunfadores por el simple hecho de tener un poco y estar vacíos. seguiré oscilando entre lo que parece una guerra de estornudos o un engaño masivo de desinformación y desinterés colectivo.

Cuídate de convertirte en cualquier diminuto insecto porque te puedo comer.

 

 



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