Inconsolable.
Vas rumbo al sur y una tormenta no te deja avanzar. La resignación se
vuelve parte de la impaciencia que recorre cada parte de tu cuerpo, te sinceras
y sabes que has perdido la oportunidad de conocer a alguien especial, que no habrá
otra cita, que el clima no jugo a tu favor, sientes como el estomago hierve y
las lagrimas son inminentes, no hay escapatoria ni excusa que pueda servir para
explicar la gravedad de la situación.
Te quitas la estorbosa corbata, abres un paquete de cacahuates enchilados y
enciendes la radio, el locutor comenta que todas las avenidas están abnegadas,
que hay emergencias por inundaciones nunca vistas, que el trasporte publico colapso
y que miles están atrapados en sus viviendas u oficinas. Ahí estas en medio de
la avenida más importante de la ciudad, intentas llamar, pero no hay manera de
enlazar, sientes una desesperación que no te deja concentrar, la ansiedad comienza
a hacer estragos en tu parpado izquierdo, no sabes que pasara cuando llegues a
casa y digas que todo esta arruinado y que no volverás a la empresa que te vio
nacer, que una lluvia atípica sepulto la esperanza de tener la gloria profesional
y económica. Te costo siete meses concretar la reunión, hacer el proyecto,
buscar un patrocinador que creyera en ti, te dejaste llevar por el insomnio
solo de pensar que quizá estabas a una firma de concretar el programa que por
años te has imaginado.
Todavía recuerdas cuando tenías veintitrés años y saliste por primera vez a
cuadro a dar un reporte sobre la cobertura de aquel candidato presidencial que
se negó a declarar sobre la guerra en el medio oriente y evito visitar el norte
del país por inseguridad, al final aquel sujeto perdió la contienda, recuerdas
tus nervios, tus torpes movimientos y tu sonrisa que sedujo a la gente y así
fuiste alcanzando reconocimiento hasta llegar a tener tu unitario visto por
millones todos los viernes en la noche hasta que el recorte llego y tuviste que
irte a tierras neoyorquinas a probar suerte,
logrando una mediana aceptación entre el publico hispano, que te mantuvo a flote.
Veinte años después de tu debut y un sinfín de calamidades te vuelven a llamar de
tu amada empresa, quieren darte un espacio estelar, con plena libertad de
contenido, después de tus insistentes intentos por fin te llamaron y pensaron
que era el momento de tu regreso y te advirtieron que fueras puntal que el director
general te quería conocer y detallar la oferta para que el próximo año empezaras,
pero llevas atrapado una hora en lo que parece una pesadilla interminable.
Al parecer no hay ya nada que hacer. La noche esta cayendo y la gente
comienza a caminar entre los automóviles, tu llanto es inevitable y aquella
carpeta de ideas está intacta, la miras con enojo. Es una desgracia que se
convierte en burla, es una pena muy grande, te quitas el saco, te desabotonas
la camisa y comienzas a tararear lo que seria la entrada del espectacular
programa, una y otra vez, hasta que todo
parece volver a la normalidad, enciendes el auto, comienzas a avanzar, quieres
buscar el primer retorno para volver a casa y comenzar a meditar y convencerte
de la remota posibilidad de conquistar el mercado sudamericano y visitar a Argentina
para buscar a aquel productor que te rogo y te negaste a recibir, tienes la
fama, la imagen, la voz, tienes que mover montañas y hacer algo para no dar por
terminada la carrera.
Te sientes inconsolable, pero tienes que reponerte. De repente el celular comienza
a sonar de manera constante, cientos de mensajes pidiendo disculpas y comprensión,
es el mismísimo director de lo que consideras tu casa televisiva, te pide que
entiendas que por las razones climatológicas no fue posible llegar al punto del
encuentro que te espera mañana a la una de la tarde en al aeropuerto y volar hacia
Los Ángeles y platicar durante el viaje y cerrar el contrato.
La alegría a regresado al cuerpo, al espíritu, a la mente y maldices tu
torpeza que te llevo a crear escenarios patéticos y que no se harán realidad.
Estas de vuelta y por mucho tiempo.
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