Tanta palabrería en cincuenta y nueve minutos. No te cansas de reclamarme y recalcarme que eres resultado de todos tus esfuerzos y por eso te das el gusto de hacer lo que te plazca la gana. Mientras yo doy una gran mordida a la hamburguesa doble que me autorregale, mis emociones están concentradas en los portugueses y neerlandeses que disputan la final de la sobrevalorada copa del mundo, no estoy atento a todos tus insultos y amenazas, ya no me importa si tienes pleito casado conmigo, mi resignación es como una muralla, lo que me interesa es que los de naranja anoten para ver la cara del inflado lusitano que alguna vez fue considerado el mejor del planeta.
Siento como la mostaza
se atora en mi paladar y mis papilas gustativas gozan el sabor del pepinillo, es
un momento de gloria y de una masacre a mi persona, que no me acongoja, pero me
excita al grado de manotear cada vez que puedo, es uno de tantos domingos en
los que te levantas con los aires de grandeza a su máxima capacidad. El estrés laboral
te catapulta a desquitarte con el primero que se te atraviese e irónicamente siempre
soy yo el elegido, ya es una costumbre me tumbes con tus descalificaciones, aprendí
a no contestarte y permito que tus desahogos fluyan como una fuente de alivio
para tus tantas inconformidades, pero no te cansas y tampoco das la media
vuelta.
Si salgo a correr y
vuelvo pronto te molesta, si escojo hacer wafles en vez de ensalada de pollo te
pones como energúmeno, si bebo cerveza sin alcohol es una invitación a la
pelea, si leo la sección de política comienzas con tus quejas, por eso hoy decidí
comer una rica hamburguesa y no invitarte, ya que hubieras dicho que asco,
mejor una rebanada de pizza hawaiana. Me he adaptado a tus intensos ataques y
no hay remedio con esa actitud que le encanta destruir y no asumir
responsabilidades. La próxima semana cumpliré cuarenta años y seguro me dirás que
no quieres haya fiesta en la que es tu casa y pues esta vez me iré a Zihuatanejo
con algunos amigos que conocí en la clase de artes visuales.
Se que eres mi madre,
pero no es para que te la pases de grito en grito, deberías preocuparte por
hacer amigas e irte a bailar al parque, desde que deje la universidad me has
dicho que no sirvo para nada, aprendí un a docena de oficios y bien o mal no te
pido nada de tu generosa pensión, dices que abuso que me vaya por lo menos a
vivir a un cuarto de azotea, pero me preocupa que algún día me necesites y yo
este muy lejos, por eso sigo a tu lado, siempre retándonos, pero con la convicción
de que somos una linda familia.
Ninguna de mis
novias te ha encantado, siempre pones muecas y resaltas defectos, me haces
comentarios hirientes y dices que prefieres verme solo, que con una zarrapastrosa
interesada y sin talentos. Ahora entiendo como mi hermano huyo de la casa
cuando tenía veintidós años y se fue a Texas con la tía Ramona, por idolatrarte
me quede aquí siendo feliz a mi manera, soportando tus groserías que cada día
son peores y aunque la presión te juegue malas pasadas sigues siendo una
persona prepotente y quejumbrosa, pero eso si vas a misa todos los domingos
como si eso te renovara. No quieres cerrar la tintorería dices que es la
herencia de mi padre y que ahí te quieres morir, esta bien respetare esa loca decisión.
Siento como lechuga
truena entre mi dientes y de repente cae el gol esperado y salto del sofá y te
abrazo como hace mucho tiempo no lo hacía, mientras sigues con esa letanía de
que soy un bueno para nada, pero no me importa, eres mi madrecita y te quiero, a
pesar de que no sientas lo mismo por mí, ni por nadie.
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