Deja que las
veladoras se apaguen. Permite que esas oraciones vayan al punto de encuentro,
que hagan su labor, que fluyan con la correspondencia exacta, no intentes
romper con las buenas intenciones de aquellos que recuerdan a los ausentes. Los
que estamos presentes en ocasiones nos olvidamos de contestar, quizá no nos
interesa y preferimos hundirnos en las que según son prioridades.
De repente se escuchan
risas en esos espacios que consideramos sagrados, ahí donde el incienso se
transforma en una plegaria firme y poderosa, donde las fotografías posan para
impactar a los visitantes, el murmullo de lo que quedo pendiente aparece entre
los ruidos cotidianos, las veladoras iluminan esos caminos que solo unos
cuantos comprenden. Las emociones son arrolladoras ante en inmenso altar,
dejamos de ser sofisticados y tiranos, nos volvemos frágiles como los papeles
que adornan, nos despojan de esa soberbia que solo nos ha arruinado y nos ha
dejado en incertidumbre.
Los que van de prisa
no se dan cuenta de la tragedia, del dolor que solloza, de la interferencia que
nos acecha, somos energías que se disparan y rebotan en los artefactos que se
consideran valiosos, presumibles, en esas extensas creencias que carcomen la
bondad de lo establecido, es una ráfaga de semblanzas que nos advierten de la
vulnerabilidad que nos persigue. Somos una bola de pensamientos oxidados que
tumban todo a su paso, no hay remedio, no hay rezo que contenga el peligroso vaivén
de lo que este compuesto de miedos y altanerías. Las veladoras se van consumiendo
mientras hablamos de lo que no ocurrirá, de un futuro que son figuraciones y
son el atrevido bostezo del ego, seguimos huyendo a paso veloz de lo
inevitable, nos mantenemos en conversaciones que no vienen al caso, en temas
que por lo añejo se han convertido en preciosas antigüedades, somos la intriga
de aquellos que se creen superiores, porque saben el origen de lo que no se puede
ver ni tocar.
Los vidrios lagrimean
por el intenso calor y la poca ventilación de este espacio cubierto de magia y
color. Es un refugio privilegiado donde los incrédulos sienten que la vida se
les va y que la misericordia se aleja como su horrenda desfachatez. Él que entra
en este lugar es muy difícil que pueda regresar con las mismas perspectivas, aquí
hay algo que te mueve los instintos y te despierta, es aquí donde las caretas
se revientan y los discursos intolerantes resuenan con tal de incomodar al
omnipotente, al que todo quiere arreglar pagando cantidades exageradas, cuando
las respuestas están en el corazón.
Desde hace días observo
que estas perfeccionando la forma en la que soplas, pasas horas enteras ensayando,
sabes que eso me enfada, me pone de nervios, la maldad se te nota, quieres que
nos quedemos en medio de la obscuridad y mis palabras hirientes salgan para que
la atmosfera sea pesada y difícil de respirar, pero no lograras que las condiciones
cambien, no podrás quebrar lo que tiene un afán generoso.
Cada vez que puedes
te acercas para acomodar lo que según está mal puesto, de forma sigilosa ves
como las veladoras humean, te inclinas para percibir el penetrante aroma y desistes
de ese plan malévolo, pues te alcanzo a gritar: “Deja que las veladoras se apaguen
por si solas”, no soples, no te atrevas a hacerlo. Siempre termino ahuyentándote
y comienzo a cantar con devoción, con esa inspiración que nadie puede
descifrar.
Mis muertos son testigos
de que hay argumentos suficientes para palpar lo hermoso de aquel umbral, mis
vivos se están durmiendo en medio de la compleja guerra por sobresalir y
deducir que la inmortalidad puede ser verdadera.
Mientras las veladoras
se van apagando una a una.
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