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Bienvenida señora devaluación.


Mi cuerpo pesa toneladas en este jueves y no hay motivos para que me levante según mi calendario mental no existe  evento importante para que  brinque de forma repentina  y provoque el milagro de desalojar mi amada cama.  Mis pies están  helados y mis manos entumidas que apenas puedo maniobrar el móvil para enterarme de las noticias sobresalientes de este país, comienzo  a leer y no hay  nada que me sorprenda.

Candidato acabara el hambre destructiva de los políticos, nueve muertos deja el huracán en costas del golfo, prevén fríos inimaginables en la zona centro, deportistas denuncian corrupción, Cleveland va a la serie mundial, el dólar sube veintidós centavos, Interpol en busca de gobernador por peculado, Centroamérica  acumula rezago histórico sobre derechos humanos, la iglesia pide al gobierno un dialogo fructífero, después de leer cada una de las notas me quedo pasmado, buscando la forma de cuadrar la realidad con mi mueca estúpida de desconcierto y escasa resignación.

Me encuentro en este colchón que me resguarda de todos los peligros que están plasmados en la redacción de estas noticias desagradables plagadas de degradación y que solo me causan ansiedad aislándome de mi fascinación por reír.  Enciendo el radio y escucho lo mismo que leí, creo que tendré que pensar en algo que me haga reflexionar y buscar el lado positivo a las circunstancias. Me quedo mirando el techo de forma desesperada creando un falso mundo de animación y música que irradia tranquilidad, giro la cabeza y miro como las ventanas están empañadas y el viento provoca ruidos extraños, mi mente se ha bloqueado y siento como mi cuerpo cada vez se pierde entre estas sabanas delgadas y frías descartando toda posibilidad de despejar mi mente de un terror generalizado en cada sector y rincón de mi habitación.

Intento tranquilizarme pensando en quien ganara el Nobel de literatura este año, el de química o el de la paz  y en este instante mi corazón comienza  a palpitar más fuerte y aquellas imágenes de destrucción en medio oriente me  invaden al punto de querer gritar, trato de buscar una razón de paz que enaltezca a la humanidad y mi estrés es el resultado de esa búsqueda inútil. Mis almohadas me tiene como rehén y no quieren que escape al mundo injusto, insostenibles, caótico, convulsivo, agresivo, apático, carcomido, descompuesto, interrumpido, disminuido, herido, discriminado, deficiente y todo lo que se le parezca al horror.

Mis mapas mentales han sido bombardeados como todas las mañanas al momento de leer las noticias, quedo imposibilitado para reaccionar y mover mi desarticulado cuerpo. Las cobijas se convierten en trincheras improvisadas, los pájaros comienzan a despertar y a la vez despabilan las esperanzas que crecen en mí y logran que me incorpore a la devastación incalculable, hacen que corra a la ducha, escoja la camisa para este día con cielo despejado, contemple que los pantalones no tengan arruga, que acomode con delicadeza los calcetines, que los zapatos estén impecables, que el cinturón defina las proporciones correctas de este cuerpo insultado por las tragedias nacionales y mundiales.

Todo parece estar en orden para salir a la batalla que debe ser lo más solemne posible para que no haya raspones de consecuencias irremediables, cuando de repente anuncian algo que me pone la piel de gallina, me ensucia el uniforme de forma figurativa, me da un golpe de acidez en el estómago, escucho con atención a aquel periodista que tartamudea  para comprender que es lo que esta pasando y después mis sentidos se pierden con el sonido del timbre seguramente el taxi ha llegado por mi majestuosa presencia, abro y utilizando el sarcasmo de forma cruel solo alcanzo a hilar al paso de mi prisa y anestesiada razón:  bienvenida señora devaluación.  

 

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