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La lámpara.


El tic tac del reloj del descanso de aquellas escaleras de madera es el ritmo idóneo para el rechinar que producen al pasar de los vivos y de los muertos que viene a mis recuerdos, son los mismos que perturban mis noches pues me pongo a pensar cuantas esencias han pernoctado en esta habitación, intento conciliar el sueño pero  es imposible, doy incontables vueltas sin cesar para esperar que el cansancio me atrape dejando la lámpara encendida, causando el enojo de mi padre que dice que provocare un incendio y cuestiona mi miedo, ese que él no siente porque solo quiere dormir después de un día pesado.

Apaga la luz y da el portazo, es cuando todo toma un estado de incertidumbre  y me cubro totalmente con las cobijas, porque comienzo a sentir como en la oscuridad aquel tic tac se vuelve insoportable, aquel aroma indescriptible se apropia de la recamara y en el closet algo se comienza a mover, siento las presencias de todos aquellos que han pasado a mejor vida y siento como alguien se sienta en la orilla de la cama y comienza a sobarme la pierna con sutileza, esos chasquidos junto a la ventana son extraños y juro que no es producto de la imaginación.

Aprieto los dientes y me armo de valor para sacar la mano y alcanzar el apagador y encender de nueva cuenta la lámpara para que todo vuelva a la calma, mis ganas de orinar son tantas pero me resigno a aguantarme porque no quiero algo me tome por sorpresa. Después del susto, el insomnio es una compañía para pensar en la realidad, esa que también me hace temblar.

Son noches en las que mis sentidos están alerta, la otra vez percibí sombras de todos los tamaños y me quede perplejo pues parecía hablaban entre ellas como si estuvieran en una tertulia, mi corazón estaba incontenible pero el morbo de saber que tanto tramaban no me dejaba reaccionar para encender la lámpara para que el festival de terror terminara. Hay veces que escucho como mi padre llega y son esos momentos en los que la lámpara se apaga porque no quiero un regaño más.

Pero el temor crece, pues hay veces que siento como alguien se sube en mí y me sujeta de las muñecas con toda su fuerza y hace que todo mi monumental cuerpo se paralice, según grito pero no puedo percibir con que intensidad, comienza una lucha por separarme de  aquella presencia descomunal y es ahí cuando el padre nuestro se origina para que la revuelta tenga un pronto desenlace y de inmediato se haga la luz.

Esos muertos no me dejan dormir y han estremecido mis horas de descanso al grado de comenzar a platicar con ellos para saber qué es lo que quieren y no obtengo respuesta, se han de burlar con  invariables ínfulas y solo han de esperar la noche para hacerme sufrir. Los vivos no me creerían pues me tacharían de loco entonces tendré que armarme de valor   y proceder a marcharme para dejarlos en paz.

Me untare toda el agua bendita que encuentre y mantendré la lámpara apagada para cuando ellos lleguen, yo les pueda platicar de mi truculenta decisión, espero no les duela mi abandono y si algún día regreso les pediré me dejen reposar, pero creo el miedo volverá a acecharme porque en esta habitación hay alguien que trata de explicar algo y no tiene idea de cómo hacerlo.

Cuando este cuarentón quizá me ría de esta espantosa experiencia y para ese entonces todos los muertos quizá ya estén descansando en paz con la esperanza de que algún día los alcanzare para saber que me trataban de decir en medio de esta bruma noctambula.

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