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Cerezas y chocolates.

 

Tan quitado de la pena terminas un día estresante y no te importa la mala fama que cargas, no tienes interés de cambiar, de modificar tus actos, simplemente te crees el rey, te acomodas el cabello con cierta soberbia y te haces el testarudo para confundir a todo aquel que te dice hasta mañana. Llegas a casa y sintonizas el beisbol en la cuarta entrada, te pierdes en un profundo sueño, el cuerpo se afloja y caes en las pesadillas que te hacen brincar, te hacen quejarte, la malicia que embargas sale de una forma espantosa y nadie se da cuenta. Al despertar te das cuenta de que la lluvia provoco destrozos en la calle y el partido fue suspendido, percibes el olor a soledad, ese olor entre cerezas y chocolates y no puedes evitar llorar, sabes que no podrás recuperar el tiempo, te duele hasta el alma, pero te aferras a ser el fuerte, te resistes a que las personas se den cuenta del sufrimiento que te maltrata, te sientes resignado, pero en el fondo sabes que estas desecho, irritado y confundido.

Sabes que haya a fuera hay gente que te necesita, pero prefieres perderte entre el vodka y la música melancólica, no quieres que nadie te pregunte por lo sucedido, elijes el silencio que es mortal, renuncias a verte débil, no te cansas de aparentar bienestar, sales y sonríes como si todo fuera un festín. Te vistes de manera casual, el olor a cigarrillo te persigue a todos lados, no puedes ocultar que la perdición es tu fiel compañera, pero nadie te hace comentarios, pues tus reacciones son altaneras y descolocadas.  Todos te siguen el juego que la vida es perfecta, mientras las llamadas perdidas se acumulan en el móvil, no quieres escuchar esas palabras no solicitadas, huyes de los que quieren opinar, de los que piensan que eres un paño de lágrimas, cuando todo es un caos.

Convives con el mundo, porque no hay otra opción, tratas de ser funcional y haces todo lo posible por salir adelante de todas esas olas que pegan abruptamente en tus pensamientos, cada vez que despiertas pides que la noche regrese para envolverte en ese lugar seguro, nadie entendería como el dolor te deja perplejo, te desconecta, te bofetea, muy de vez en cuando piensas que es tiempo de una esperanza, de tener una ilusión, de salir a buscar las respuestas. De forma ocurrente piensas que la gente es una estela de arrogantes, que solo quieren acumular dinero, títulos, puestos, que quieren llamar la atención hasta con un dolor de muelas, que no están satisfechos, que quieren más, que necesitan obtener algo para después sentir un enorme vacío. Escapas como potro desbocado de esa realidad que impacta cada vez a más personas y aplasta caminos de energía positiva, no quieres ser como esos soberbios que no saben apreciar los detalles, que piensan que con una transacción se arregla todo, que desdicha los cubre, están secuestrados por la necedad del deseo y la farsa de la competencia.

Es por eso por lo que te pones la careta de amargura, haces creer que estas pasando por una severa depresión, pero todo es una mentira para no interactuar con esos personajes que son un reflejo de lo frívolo y triste que es el mundo, en e fondo eres feliz con tus decisiones y determinaciones, eres un ser con sentido humano, tienes bonita espiritualidad y buscas siempre sentirte en paz, solo quieres pasar desapercibido y no ser parte de las patrañas que hacen que la gente pierda su esencia, que terminan siendo parte de todo lo que repudian, son parte de una realidad llena de contracción que se esconde entre lo que parece ser aquel aroma a soledad.

 

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