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Días felices.

 

En aquel espejo roto me he peinado durante siete meses, no me ha importado cambiarlo, así como tampoco me interesa saber quién ha obtenido el reconocimiento por ser el empleado del mes, prefiero hacer mi trabajo, acomodar un ciento de artículos, mantener silencio, escuchar las platicas bobas de mis compañeros y salir corriendo para desprenderme de esa mala energía que me atrofia.

Me he convertido en un ser gris, que solo piensa en despojarse de la ropa y andar desnudo por aquella habitación que rento, poner a todo volumen esas canciones ochenteras que hacen recordar mi infancia y comer sopas instantáneas, es una rutina que no se rompe y me hace muy feliz. No acepto invitaciones a salir, ya no estoy para eso, estoy cansado de contar mi vida y reavivar cada tragedia, de escuchar tonterías de la vida de alguien que no tiene idea de que es el hambre y la soledad, no quiero desperdiciar mi tiempo en seres que no tienen la sensibilidad para profundizar en temas importantes.

Estoy harto de aquellos que se sientes príncipes en un mundo en donde todos sobreviven, soy intolerante a la búsqueda del estatus y la bonita costumbre del halago barato. Muchos esquivan las verdades, no quieren comprender que están perdidos, que su única opción es soltar por completo lo que ahora tienen, pero se agarran de donde pueden con tal de no caer y encontrarse con un triste panorama y con un la consigna de comenzar de ceros.

Mi fe se diluyo cuando me deportaron y mi vida se convirtió en un ir y venir de decepciones. Todo marchaba tan bien hasta que cometí un gravísimo error que me regreso de un solo golpe al guion que había abandonado para conseguir un sueño complejo y maravilloso. Regrese con las manos vacías y cundo llegue también me di cuenta de que mi familia huyo, no dejo ni un solo rastro, me sentí burlado, bien me decía mi hermana que esa mujer era un terror, una convenciera, una oportunista y ella resultó igual se fue con todos mis ahorros, dicen que se fue a Sonora a buscar al tipo que la golpeaba y la hacía infeliz.

No quiero encontrar respuestas. Decidí quedarme aquí en esta sucia ciudad, comenzar un camino de oportunidades y restablecer mis ilusiones, pero no lo he logrado. Encontré este trabajo que bien o mal me da para comer y no pierdo la esperanza de encontrar algo mejor y gozar de ciertos privilegios como lo hace la mayoría y ser parte de las grotescas apariencias.

Escucho las conversaciones de los demás y me cuestiono los huecos que esconde la gente, todo eso que pretende solo para estar por arriba de un montón que todos los días luchan con ese afán de sentirse un poco aliviado. Me doblo de la risa y repito en mi cabeza todas esas frases que me tientan a cometer infinidad de errores, pero hay algo que me detiene, quizá sea el amor que tengo por mi persona, la actitud con la que me doy fuerzas y la sabiduría que me han brindado mis experiencias.

Cada noche paso la navaja por mi pecho y después intento orar para encontrar paz, enciendo un cigarro y me pongo a pensar en lo feliz que fui en New York, en mis compas, en mis ganas, en mis corazonadas, en aquellas oportunidades que dejé ir por pensar en priorizar a los míos y al final me han devuelto a donde mis pesadumbres se alimentaron de mis días de juventud.

Quizá la navaja detenga mi interrogante y mi pecho termine siendo el punto de mi eternidad, de mi regreso a los días felices en Central Park.

 

 

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