Doce tacos,
un agua de horchata y un delicioso flan, es mi gusto de cada domingo. De lunes
a sábado las cosas no cambian mucho, entre el pan dulce y las tres tazas de café
obligatorias, después la comida rica en carbohidratos y la cena es el antojo de
unas quesadillas fritas o una enorme hamburguesa, es un delirio alimenticio que
me ha costado mi bolsillo y salud. Tan solo peso ciento treinta kilos y es algo
de lo que me siento orgulloso, mis rodillas duelen y la espalda molesta, mis
jadeos al caminar han aumentado y mis bochornos son constantes, pero la comida
es mi alegría, es mi motivo, es una ruta de escape para la soledad que me asfixia.
Recuerdo que
a los trece años después de que mi padre murió, deje la disciplina, olvide las
exigencias, no regrese a la natación y mira que era un prospecto par
representar a mi país en competencias internacionales, no me intereso y a mi
madre tampoco, ella me consintió en todo lo que yo le pedía, las pastas, los postres,
las galletas, su prioridad era verme feliz, pues compartíamos el mismo amor por
la comida hasta que un día se desvaneció en el parque y ahí quedo, a mis veinte
años y el desamparo me alcanzaba.
Vendí
todo y me vine al mar, un departamento con la mejor vista. Ahora que tengo
veintisiete años, estoy al borde del infarto, ya me dijo el cardiólogo que en
cualquier momento vendrá la crisis, que mi cuerpo colapsara, que debo cambiar
mis hábitos, pero el tonto cree que después de catorce años podre hacerlo, claro
que no, mi padre se ha de estar revolcando en su tumba y queriendo regresar
para pedirme un régimen alimenticio prioritario y todo medido en gramos, pero
es preferible se quede tres metros bajo tierra retorciéndose de frustración y decepción.
Mi padre
un deportista de alto rendimiento, con récords a nivel mundial, medallas, reconocimientos,
famoso, con patrocinios, soberbio, imparable, intransigente, su ultimo aliento lo
dio en un spa complaciendo a una de sus tantas asistentes, solo llamaron para
avisar que se había desvanecido y que las investigaciones estaban en curso, días
antes había firmado con una televisora para ir de analista a los juegos olímpicos,
era su sueño ir a la justa deportiva para gozar desde otra perspectiva, mi
madre estaba entusiasmada que por fin pasaríamos tiempo en familia y de pronto
todo cambio.
Mi madre
una mujer dedicada a los medios de comunicación escritos dejo todo cuando supo
que iba a comenzar a competir en las infantiles, no quería que pasara
calamidades, decía que tenía que estar conmigo para todos lados, mientras mi padre
daba su ultimo estirón a su carrera queriendo incursionar en la política, pero
fue un fracaso, pensó que por ser ídolo el gane le sería fácil. Después opto por entrenarme y pasar unos meses
para remodelar su estudio, pero era aferrado y no dejaba de pensar en el gimnasio
que con tanta pasión armo, volvió a la administración y ahí lo perdimos, no
tenia tiempo para nosotros.
Hoy quiero
compartirles que comeré una pizza de mariscos con un clericot y comenzare a
escribir mis memorias, todo lo que viví desde los cinco años hasta los trece,
lo que sufrí por no tener una infancia cotidiana y las presiones a las que era
sometido, mi deseo era comer un maldito helado de vainilla y aventar esas
ensaladas y complementos que sabían asquerosos, todos decían que tenía que emular
a mi padre y pues solo lo supere en kilos.
La muerte
me ronda y quizá muera por amor y placer a la comida, un gran banquete de mamá
me espera allá.
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