El Jadeo intenso de Abelardo era como el ruido de una locomotora,
su gesto de emoción y excitación al verme ahí parada, mostrando lo que parecía
un manjar. Me encantaba seducir al hombre que me conquisto hace treinta y nueve
años, no dudaba en concederle sus deseos, pues me trataba como una reina,
todavía me quedaban ganas de cumplirle sin tapujos.
Él con un diagnóstico reservado, me complacía con todos mis
caprichos, tenía cartera abierta, una mujer de sesenta años se merece una vida
digna, serena y cómoda. Mi Abelardo de ochenta y cinco todavía tenía esa
candencia, ese vigor de amar sin cesar. La primera vez que lo vi, me señalo y
me llamo con una seña provocadora, era una noche fría de diciembre, necesitaba
dinero para mandarle a mi madre y no perdí la oportunidad para cumplir con el
objetivo, mi nombre en aquel entonces era Chantal, esas diminutas ropas
atrapaban a cualquier sediento en un desierto de presiones interminables, ahí
lo conocí, esa madrugada fue un encuentro salvaje que al paso de los encuentros
se convirtió en un diván. El con una vida resuelta, heredero de una fortuna,
solo se la pasaba de bar en bar y sin la claridad para ver la realidad, hasta
que su propuesta llego, después de tres años viéndonos todos los viernes.
Un sábado llegue a lo que hoy es mi hogar, no sabía si ese giro
podría soportarlo, hasta la fecha no se si me enamore, si fue compasión o buscaba
aquella figura paterna que desde temprana edad se disolvió. Muchos hombres
pasaron por esta piel que todavía permanece suave y firme, fue por la necesidad
de salir adelante y de ayudar a los míos que estaban jodidos, me arriesgué,
aunque después supe que se fueron muriendo a raíz de mañas aprendidas, ya ni
madre tengo, todo murió para mi en San Gregorio de los pescadores, mi única
herencia hasta el momento era la buena sazón y la manera de mover los labios
para incitar a la locura de lo que aparentaba ser viril. Desde ese día tuve que
ocupar mi nombre verdadero, Silvia Montes de Solano, me convertí como en un
acto de magia en señora.
Lo procure hasta el cansancio en todos lo que él quería, me batí
una y otra vez, mordisquee lo impensable, probe lo que jamás imagine, tente con
delicadeza, accedí a todo, con tal de verlo con esa sonrisa sincera, la
repostería era mi pasión, me refugie en ella y comencé a administrar lo que le
quedaba a Abelardo en el banco, no me quedo de otra, que vender suculentos
pasteles, para todos los gustos y toda ocasión, él era catador de mis
creaciones. Ahí postrado en esa silla, atado de pies y manos estaba el hombre
que me salvo de la perdición, su único alimento eran las pruebas constantes de
mis pasteles, quizá estaba muriendo de hambre, por eso el jadeo intenso de
Abelardo, que era como el ruido de una locomotora, su gesto de emoción y
excitación al verme ahí parada, mostrando lo que parecía un manjar, desde hace
diez años que lo declararon con demencia le asigne esta habitación obscura,
maloliente y alejada de la vida ajetreada que ahora llevo.
Ayer que pretendía presumirle mi tarta de berenjena con frutos
rojos, ya no escuche el jadeo, ni los quejidos, ahí estaba con las manos
desechas, comenzó por las uñas y luego las falanges, quede sorprendida y en ese
momento descanso mi alma, corrí a la parte superior de la casa y le avise a las
chicas que esa noche no habría servicio que se fueran a trabajar a la calle,
cerré la pastelería que era simulación perfecta para continuar con lo que aprendí
en aquella juventud truculenta y desdichada.
No se que hare con el cuerpo de Abelardo, estoy destrozada
abrazando a mi salvador, entre el olor a sangre descompuesta y los frutos rojos
que yacen en el piso, extraño a Chantal, deseo estar en San Gregorio para que
me coman los gusanos y quedar en el olvido.
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