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Golpes secos.

 

Festivo, alegre, risueño, así es Jacinto, no comprendo cómo pudo enloquecer, ahora es luz de aquellas celdas y obscuridad de lo que fuera su casa, podría pensar que fue su salida a las presiones económicas que viva últimamente, ya me imagino al pobre, ir y venir en ese espacio de cuatro por cuatro, envejeciendo y esperando a que su familia lo saque como pueda de ese horrible lugar.

Hace dos semanas lo fui a ver, con esa vestimenta caqui y con las ojeras pronunciadas, parece que pronto desaparecerá de lo flaco que esta, al verme solo sonrío y me dijo uno de sus tantos chascarrillos, recuerdo que me dijo: “Ay compadre aquí el tiempo parece sermón de domingo, tan largo como pueda usted imaginar, pero aquí no se puede uno dormir, es como si fuera un reloj que marca las horas sin ser dueño del tiempo”. Sali confundido, no perdía su picardía, en sus ojos no identificaba esa maldad con la que ejecuto aquel asesinato, que realmente fue muy cruel y sangriento, yo fui testigo de tan atroz crimen, ¿Qué estaría pensando? ¿pensaría en las consecuencias?, estoy perplejo ante lo que vi y sentí.

Recuerdo que esa tarde estábamos apostando quien acabaría primero la chamba, fue retadora esa platica, desde chamacos compitiendo, haber quien aprendía mas del oficio de la albañilería, quien tendría primero a sus chilpayates, salió vivillo el enclenque y se rejunto primero, ¿Quién lo viera con ese potencial de semental? Ahora con cinco escuincles que mantener, ay no, y yo con dos no puedo. De repente me aventó, se abalanzo contra Gilberto, diciéndole quieres perderme o encontrarme, no entendíamos que estaba pasando, hasta que mi compadre comenzó a gritar: ¡si la quieres ya llévatela! ¡si la quieres ya llévatela¡, se escuchaban los golpes secos en el rostro de aquel ingrato que se metió con mi comadre, la furia de Jacinto era incontenible y termino tomando un ladrillo y lo azoto contra el cráneo del responsable de la obra. Todos corrimos y dejamos al hombre convulsionando y retorciéndose como almeja cuando le cae jugo de limón. En mi prisa por escapar pensé: “que extraño coctel de amoríos y odios mezclados”.

No tardaron en encontrarlo y llevárselo al ministerio público.  No puedo creerlo, ya no lo veré entre las varillas, el cemento, la mezcladora, la arena, ya no habrá con quien apostar y tomar unas cervezas en los días de paga, no quiero regresar ni un día mas a la obra, todo el tiempo preguntan cómo va su asunto, no tengo respuestas. Extrañare al mal educado pero caballero, al colega, al que me hacia el paro los lunes, tampoco volveré a visitarlo. Si pudiera convertir mis pensamientos en un gigantesco taladro y tirar esas gruesas paredes para que escapara, lo haría.

A mis hijos les diré que su padrino se fue a los Estados Unidos, no sé cómo decirles la trágica verdad cuando todo ya está por la calle de la amargura, he de confesar que como se ansia lo que no se posee. Isadora me dice que olvide a mi compadre, que nunca fue buena influencia y que mejor me dedique a la herrería, si supiera que el sexto, él que viene en camino es el mío, si solo mío y no del difunto, quizá me diría cosas diferentes o ya no me las diría, seria otro hombre muerto.

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