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Día de quincena.

 

La cotidianidad emergía entre transeúntes y vehículos. Dámaso, madrugaba para emprender las puntuales boleadas a todos los oficinistas que lo conocían y apreciaban, antes de que tomara las franelas y las cubetas para comenzar con un arduo día en esa calle ancha y alborotada. El noble joven tenía un amplio margen para lustrar calzado por las mañanas y lavar coches después del medio día, así era el itinerario de Dámaso, de tan solo dieciséis años, que llego a refugiarse con otros en el parque y competir por sobrevivir en medio de edificios y boutiques.

Entre mocasines y bostonianos, las mañanas pasaban, la bondad del jovial Laureano, dueño de una de las tantas torres, no se hacía esperar, señal de un desayuno seguro para Dámaso, además que todos los días le dejaba el automóvil para mantenerlo limpio y en perfectas condiciones. Laureano Montemayor, un personaje admirado en la industria constructora y miembro del club rotario del centro, de buen corazón, criado con gentileza, creyente de la justicia y desprendido por convicción, hombre que se fue encariñando con Dámaso, por su nobleza y humildad, pues desde hace cuatro años el pequeño bolero, llegaba a la cita puntualmente de lunes a viernes.

El jefecito, como le decía Dámaso, le había prometido unas cuantas prendas de vestir, zapatos no, porque el empresario calzaba del nueve y el jovencito apenas del cinco. Esa mañana era idónea para recibir esas camisas hechas de lana y esos pantalones de mezclilla casi intactos. Dámaso ansioso esperaba que el carro convertible color rojo apareciera en escena, era un día de quincena, donde todos caminaban de manera acelerada, indiferente, aturdida, no existía la calma por ningún lado, de repente una balacera se desato de forma violenta, todos corrieron, muchos optaron por lanzarse al suelo, los automóviles se detuvieron, los gritos eran interminables e inaudibles, algunos cristales quedaron añicos, las patrullas se escuchaban a lo lejos. Los encapuchados intentaban escapar, salían despavoridos de la sucursal bancaria y en la escena aparecía el Ingeniero Montemayor tratando de someter a uno de los asaltantes, aquella bolsa negra caía en el pavimento, los mirones comenzaron a asomarse y las detonaciones continuaban, algunas motocicletas esquivaban todo obstáculo, el ingeniero en apariencia herido trato de impedir la huida, cuando fue arrollado, su cuerpo delgado se convirtió en una magullada figura, con ese repentino golpe los zapatos de Laureano, se despendieron y quedaron en medio del tumulto que en ese momento ya era como un hormiguero.

Dámaso, tembloroso se arrastró hasta las banqueta donde tomo uno de los zapatos que todavía resguardaba el calor y el aroma a piel, los policías en ese momento acordonaban la zona, el joven quería acercarse a su amigo, que yacía en el asfalto, todavía se quejaba y movía su mano izquierda tratando de señalar algo, el agente no le permitió que sucediera, mientras lo paramédicos lo revisaban, entre jaloneos Dámaso solo alcanzo a recoger el otro zapato. El joven corrió con el par de zapatos, en su inspirada fuga de aquella tragedia, tropezó con la bolsa negra, esa que cayó durante el forcejeo del delincuente y el empresario, no era dinero, era una docena de camisas de color azul y unos pantalones de mezclilla, las lágrimas de Dámaso, eran evidentes, lo que parecía un día de felicidad, ahora era de desolación.

Aquella noche el pequeño bolero, llegó al parque, triste y desconsolado, comenzó a repartir las camisas y los pantalones, era una forma de replicar lo que Laureano había inculcado en el durante todos estos años, mientras los zapatos los guardo en medio de unos arbustos, los veranaba, los convirtió en una reliquia, pues los meses pasaban y Laureano Montemayor no daba señales de vida, Dámaso perdía la esperanza y los kilos.

El trajín en la ancha calle, no paraba, ya nadie se acordaba del asalto bancario, la rutina entre grasa, jabón de calabaza, tinta, cepillos, franelas y platicas amenas, ya era parte de una realidad inminente. La resignación había llegado para el bolero, cuando de repente una voz tenue lo saludo desde el lado contrario de la calle, era el veinteañero de la familia Montemayor, repuesto, con franca sonrisa y en una silla de ruedas, aquel hombre ya no desgastaría suelas, pero si necesitaba saber como estaba su amigo incansable, el que por meses lo busco sin obtener respuestas, si el noble Dámaso que esa mañana vestía de camisa azul y pantalón de mezclilla.

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